febrero 20, 2010

A propósito del IPad

Acabo de leer una entrevista que le hicieron en El País a Philip Roth en el 2008, un archivo que encontré como hipervínculo a propósito de su última novela [1], en donde comenta que las pantallas han derrotado a los libros. Las computadoras, los televisores, los DVD y los cines son una propuesta mucho más divertida, dice, porque ya no tenemos el tiempo ni la soledad necesarios para leer un libro.

Entonces me vino a la mente el IPad, ese nuevo artilugio que acaba de lanzar Apple con tal parafernalia y bombos y platillos que hasta los menos interesados —bendita ignorancia— no pudieron mantenerse aparte.

Está lindísimo y superútil y táctil y está de moda; y como los de Apple saben de lo que saben, le ponen mucho marketing y color al asunto y lo lanzan a precio para bolsillo americano: unos 400 dólares, más o menos. Además sirve para casi todo, incluso para leer, sí, para leer.

La primera vez que leí sobre estas nuevas “tablet PC” fue en el blog de Iván Thays. Hablaba del Kindle de Amazon y su deseo de que llegara en español para poder viajar sin sobrepeso en las maletas, porque en el Kindle puedes almacenar mil quinientos libros y es pequeñito. ¡Utilísimo!

Entonces Lucía estuvo a punto de comprarme uno por Navidad. Por suerte no lo hizo. ¿Para qué? Yo tengo mis libros en papel, no viajo tanto y si la hago es para disfrutar del viaje y leer poco. ¿Comprar libros fuera? No lo necesito. Vivo en Europa y aquí llegan primero, después a Latinoamérica. Me resisto al Kindle.

El IPad, sin embargo, viene con todo y eso otra cosa. Pantalla táctil, luz interna, multimedia, un millón de gadgets y acceso Wi-Fi y 3G, aunque, dicen, con una desventaja que tal vez en el futuro logre superarse: no es multitarea. Si el dato no es correcto corríjanme.

¿Compraré el IPad? Quien sabe. Por ahora, no. Tengo dos ordenadores en casa, trabajo todo el día en una oficina frente a una pantalla de veinte pulgadas y un teléfono que no para de sonar, tengo un nuevo televisor lo suficientemente grande —el mejor regalo, finalmente, de Lucía estas Navidades— que conecto al portátil con cable HDMI y cuando marcho fuera llevo un libro en la maleta. Suficiente.

Sin embargo a futuro no me quedará más opción que adquirir uno de esos artefactos. Porque sencillamente es así y a llorar al río. Forma parte de ir de la mano, o al menos, unos pasitos detrás de la tecnología. Por ahora voy feliz con mis libros apilados por casa, mis apuntes en Word. Talando árboles lo justo para no vivir en pecado.

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[1] La humillación, de Philip Roth, Editorial Mondadori (2010), un libro que sale en estos días y que aparece en mi lista de libros para comprar a fin de mes.

diciembre 16, 2009

La carta de Mr. Brown

Cuando la señora Jessie Brown tuvo al segundo de sus tres hijos, tal vez, al verlo crecer y jugar a que era presidente, pensó que algún día, esa familia de protestantes, tendría a un inquilino en el 10 de Downing Street.

Muchos años más tarde, cuando la señora Jacqui Janes tuvo a su hijo Jamie, tal vez, al verlo crecer y jugar con pistolas de juguete, pensó que algún día, esa familia inglesa, tendría a uno de sus miembros en las Fuerzas Armadas.

Lo que nunca imaginó la primera es que su hijo tuviera tan mala letra y hasta, dicen, faltas ortográficas, porque total, es un mal menor después de lo que tuvo que padecer su pobre hijo [1]. Sin embargo, la segunda tampoco imaginó que una mina en Afganistán se llevara la vida del perteneciente primer batallón de la Guardia de Granaderos del Ejército británico mientras hacía una caminata de rutina.

Menudo marrón en el que se metió Mr. Brown cuando, víctima o no de su corta visión, decidió escribirle una carta a la señora Janes para ofrecerle sus condolencias por la muerte de su hijo, días más tarde en un hospital de campaña. Porque no solo tiene una caligrafía espantosa sino que además escribe en borrador, o sea con manchones cual primer manuscrito y lleno de faltas ortográficas y palabras sin terminar al mismo estilo “yo me entiendo”. Una carta oficial que parecía más bien esas hojas en las que los escritores garabatean ideas sueltas para coger ritmo y centrar la historia, en fin, pruebas que luego van al tacho de basura, indiscutiblemente.

Pues resulta que la señora Janes, indignadísima ella, dolidísima ella, por la muerte de su hijo y esa carta tan vulgar y borroneada, fue directa al diario más sensacionalista del mundo mundial, The Sun, que no dudó un segundo en publicarla para alrededor de ella lanzar ácidas puyas contra el Primer Ministro de Inglaterra, nada menos.

Y como el escándalo vende más que los libros de Dan Brown —otro marrón más en esta historia aunque hoy poco tenga algo que ver—, el Brown de esta historia, el Premier inglés, hizo caso a sus asesores y le llamó ipso facto a la dolida señora Janes para explicar lo inexplicable, y sepa usted señora que es mi letra que se me va y no que no sepa escribir el apellido de su hijo, etcétera. Y como la señora Janes aprende rápido aun en época de duelo, se le ocurrió grabar la conversación porque así como hay periódicos los hay también canales de TV igualitos de sensacionalistas.

Por suerte, para él, Mr. Brown hizo públicas sus disculpas un día más tarde aunque en el fondo sigue sin reconocer que no sabe escribir muy bien que digamos y que su puño y letra deberían limitarse a escarmientos onanistas, si cabe, y a la firma de Primer Ministro cuando sea necesario.

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[1] Cuando era joven, James Gordon Brown perdió la visión completa del ojo izquierdo jugando al rugby y del derecho apenas ve un 30%.

noviembre 15, 2009

Natalie Portman by Mario Testino

El excelente fotógrafo peruano Mario Testino nos sigue deleitando con sus imágenes después de tantos años fotografiando gente famosa por todo el mundo. Parece que hubiera pasado mil años desde aquellas épocas en las que vendía sus fotos por 25 libras a chicas guapas que soñaban con convertirse en top models para ganarse magramente la vida.

En el último número de V Magazine V62, Testino nos regala a la más sensual y rockera Natalie Portman. Bastante lejos de las princesas galácticas, esta Portman sería capaz de alcanzar la paz de su país presentándose así ante cualquier autoridad palestina.

Para qué más palabras...

video

agosto 21, 2009

¿Quién tiene los huevos de Lisbeth Salander?

Siempre fui un seguidor de la novela negra. Un seguidor, no un fiel lector. Me gusta tanto lo que se escribe como lo que se dice y se especula de ella y alrededor de ella. Claro que de haber sido un fiel lector ahora sería mejor persona, creo, o al menos un peldaño más cerca de cómo yo me veía cuando era un adolescente.

Conozco menos de lo que quisiera acerca de autores de novela negra, de los textos policiales clásicos o de famosos detectives al estilo Holmes o Poirot. Nunca leí El halcón maltés, por ejemplo, aunque siempre me fascinara ese aire gris y de niebla perpetua que se crea alrededor de este tipo de textos. Es más, desde hace años tengo en casa un sombrero negro —cuando por fin pude comprarme en Barcelona— que guardo con cariño y que nunca me pongo y siempre me quedaré con las ganas de hacerme de unos tirantes por culpa de mi buen amigo Christian Shunke, a quien se los vi una mañana de clases cuando yo era profesor en una universidad.

Y como soy así, un poco timorato y despistado y no me pongo lo que compro, estoy convencido que jamás conoceré a Lisbeth Salander, ni seré capaz de “medir” hasta donde le llegan los huevos. Después de unos años de tortuosas peripecias ahora Lisbeth debe vivir en Estocolmo y se debe dar uno que otro salto por Gibraltar para comprobar de cerca que los hombres ya no la cogen de punto ni se aprovechan de ella. Al menos, eso quiero creer. Debe estar disfrutando de sus rentas sin la obligación de trabajar y se debe estar llevando a la cama a hombres o mujeres NN elegidos a dedo. Tal vez siga viviendo apartada del resto del mundo en su inmenso departamento de una zona exclusiva de la capital y comiendo pizza precocidas mientras sigue pegada día y noche a su potente computadora.

Tal vez —¡cuánto me gustaría!— en este momento esté leyendo el texto que ahora escribo sobre la primera hoja del Word y esté arqueando las cejas y sumando dos más dos en la cabeza (x³+y³=z³, dicta el teorema de Fermat). “¿Quién es este tipo y por qué escribe de mí? Estaría muy bien eso, pero sé que no es así. Aunque… uno nunca sabe… “Eres la mejor, Lisbeth. Estoy contigo”, por si acaso.

Sí, es una hacker, sí, robó dos mil cuatrocientos millones de dólares, sí, es antisocial, sí, fue tildada de retrasada mental, sí, es bajita y delgada, pero se operó los pechos y ahora ya no está tan mal. Además, le robó el dinero a un empresario estafador, no habla con la gente porque sabemos, ella y yo, que la gente es tonta y lo más fácil es tachar de retrasado al primer genio que se nos cruza por el camino, y claro que comete delitos en el ciberespacio, pero valgan verdades, ¿quién no?

Más de una vez ha sido descrita como una especie de Pipi Mediaslargas (Calzaslargas en España), la pelirroja outsider más fuerte del mundo, otros la comparan —con escaso ingenio y una gran cuota de facilismo— con Lara Croft, mientras otro tanto se queda con su inmenso tatuaje de un dragón que le cubre toda la espalda y le recuerdan a cada momento que su vida ha sido así por el síndrome de Asperger, o sea, cero emociones.

Pero lo que no cabe duda es que es famosísima, y a estas alturas de la vida, tres best seller después, no debe haber nadie en el mundo al que no le caiga bien Lisbeth Salander, yo el primero. Esta en boca y mente de todos y hasta una actriz sueca Noomi Rapace, ha tratado de imitarla en el celuloide. ¡Menudo descaro! Nadie puede ni tratar de imitar a Lisbeth Salander.

Si leer los tres libros de Stieg Larsson y quedarse con un solo personaje es un delito, sí, soy culpable, y hasta allí llega mi valentía [1]. Porque es incomparable con lo que debió pasar esta mujer: Durante toda su infancia fue víctima de torturas psicológicas atada a una camilla de una institución mental, más tarde fue brutalmente violada, injuriada y manoseada en los medios de comunicación, la tildaron de satánica, recibió tres disparos, uno inclusive en el cerebro, y fue enterrada viva y pudo salir al mismo estilo de La Novia de Tarantino, que por cierto, dicen que quiere comprar los derechos para hacer su propia versión de Salander. ¿Uma Turman?, mmm, no le pega.

Lisbeth Salander es una mujer que no le teme a nada ni a nadie, que es consecuente con sus promesas, que no vive rodeada de tapujos y que toma lo que quiere. Si hubiese sido mujer hubiese querido ser como ella, es más, como hombre hubiese querido ser como ella. Ahora quiero ser hacker, pero apenas me defiendo con el Office, quiero conducir en moto, pero sufro cuando me pongo ante cualquier volante, quiero robarle millones a los malos, pero me encierro en casa y reniego de Madoff, hubiese querido ser detective privado y trabajar en una empresa de seguridad como ella y habría tenido listo el sombrero para su estreno, pero prefiero leer las novelas, y ni siquiera todas porque no leí ni El halcón maltés.

En fin, que Lisbeth Salander, para los ojos del creador de la trilogía de Millenium [2] y para mí, qué duda cabe, es el alter ego de una justiciera con piercing y tatuajes, la superhéroe urbana con unos huevos que ya quisiera cualquiera. Yo el primero.

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[1] Bueno, valgan verdades, también me quedé con un dato banal aunque curioso: calle se dice gatan en sueco. [2] Trilogía de Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres (2008), La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (2008) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (2009), Editorial Destino.



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Aquí, textos originales de Jesús Risco Rojas.
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