noviembre 15, 2009

Natalie Portman by Mario Testino

El excelente fotógrafo peruano Mario Testino nos sigue deleitando con sus imágenes después de tantos años fotografiando gente famosa por todo el mundo. Parece que hubiera pasado mil años desde aquellas épocas en las que vendía sus fotos por 25 libras a chicas guapas que soñaban con convertirse en top models para ganarse magramente la vida.

En el último número de V Magazine V62, Testino nos regala a la más sensual y rockera Natalie Portman. Bastante lejos de las princesas galácticas, esta Portman sería capaz de alcanzar la paz de su país presentándose así ante cualquier autoridad palestina.

Para qué más palabras...

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agosto 21, 2009

¿Quién tiene los huevos de Lisbeth Salander?

Siempre fui un seguidor de la novela negra. Un seguidor, no un fiel lector. Me gusta tanto lo que se escribe como lo que se dice y se especula de ella y alrededor de ella. Claro que de haber sido un fiel lector ahora sería mejor persona, creo, o al menos un peldaño más cerca de cómo yo me veía cuando era un adolescente.

Conozco menos de lo que quisiera acerca de autores de novela negra, de los textos policiales clásicos o de famosos detectives al estilo Holmes o Poirot. Nunca leí El halcón maltés, por ejemplo, aunque siempre me fascinara ese aire gris y de niebla perpetua que se crea alrededor de este tipo de textos. Es más, desde hace años tengo en casa un sombrero negro —cuando por fin pude comprarme en Barcelona— que guardo con cariño y que nunca me pongo y siempre me quedaré con las ganas de hacerme de unos tirantes por culpa de mi buen amigo Christian Shunke, a quien se los vi una mañana de clases cuando yo era profesor en una universidad.

Y como soy así, un poco timorato y despistado y no me pongo lo que compro, estoy convencido que jamás conoceré a Lisbeth Salander, ni seré capaz de “medir” hasta donde le llegan los huevos. Después de unos años de tortuosas peripecias ahora Lisbeth debe vivir en Estocolmo y se debe dar uno que otro salto por Gibraltar para comprobar de cerca que los hombres ya no la cogen de punto ni se aprovechan de ella. Al menos, eso quiero creer. Debe estar disfrutando de sus rentas sin la obligación de trabajar y se debe estar llevando a la cama a hombres o mujeres NN elegidos a dedo. Tal vez siga viviendo apartada del resto del mundo en su inmenso departamento de una zona exclusiva de la capital y comiendo pizza precocidas mientras sigue pegada día y noche a su potente computadora.

Tal vez —¡cuánto me gustaría!— en este momento esté leyendo el texto que ahora escribo sobre la primera hoja del Word y esté arqueando las cejas y sumando dos más dos en la cabeza (x³+y³=z³, dicta el teorema de Fermat). “¿Quién es este tipo y por qué escribe de mí? Estaría muy bien eso, pero sé que no es así. Aunque… uno nunca sabe… “Eres la mejor, Lisbeth. Estoy contigo”, por si acaso.

Sí, es una hacker, sí, robó dos mil cuatrocientos millones de dólares, sí, es antisocial, sí, fue tildada de retrasada mental, sí, es bajita y delgada, pero se operó los pechos y ahora ya no está tan mal. Además, le robó el dinero a un empresario estafador, no habla con la gente porque sabemos, ella y yo, que la gente es tonta y lo más fácil es tachar de retrasado al primer genio que se nos cruza por el camino, y claro que comete delitos en el ciberespacio, pero valgan verdades, ¿quién no?

Más de una vez ha sido descrita como una especie de Pipi Mediaslargas (Calzaslargas en España), la pelirroja outsider más fuerte del mundo, otros la comparan —con escaso ingenio y una gran cuota de facilismo— con Lara Croft, mientras otro tanto se queda con su inmenso tatuaje de un dragón que le cubre toda la espalda y le recuerdan a cada momento que su vida ha sido así por el síndrome de Asperger, o sea, cero emociones.

Pero lo que no cabe duda es que es famosísima, y a estas alturas de la vida, tres best seller después, no debe haber nadie en el mundo al que no le caiga bien Lisbeth Salander, yo el primero. Esta en boca y mente de todos y hasta una actriz sueca Noomi Rapace, ha tratado de imitarla en el celuloide. ¡Menudo descaro! Nadie puede ni tratar de imitar a Lisbeth Salander.

Si leer los tres libros de Stieg Larsson y quedarse con un solo personaje es un delito, sí, soy culpable, y hasta allí llega mi valentía [1]. Porque es incomparable con lo que debió pasar esta mujer: Durante toda su infancia fue víctima de torturas psicológicas atada a una camilla de una institución mental, más tarde fue brutalmente violada, injuriada y manoseada en los medios de comunicación, la tildaron de satánica, recibió tres disparos, uno inclusive en el cerebro, y fue enterrada viva y pudo salir al mismo estilo de La Novia de Tarantino, que por cierto, dicen que quiere comprar los derechos para hacer su propia versión de Salander. ¿Uma Turman?, mmm, no le pega.

Lisbeth Salander es una mujer que no le teme a nada ni a nadie, que es consecuente con sus promesas, que no vive rodeada de tapujos y que toma lo que quiere. Si hubiese sido mujer hubiese querido ser como ella, es más, como hombre hubiese querido ser como ella. Ahora quiero ser hacker, pero apenas me defiendo con el Office, quiero conducir en moto, pero sufro cuando me pongo ante cualquier volante, quiero robarle millones a los malos, pero me encierro en casa y reniego de Madoff, hubiese querido ser detective privado y trabajar en una empresa de seguridad como ella y habría tenido listo el sombrero para su estreno, pero prefiero leer las novelas, y ni siquiera todas porque no leí ni El halcón maltés.

En fin, que Lisbeth Salander, para los ojos del creador de la trilogía de Millenium [2] y para mí, qué duda cabe, es el alter ego de una justiciera con piercing y tatuajes, la superhéroe urbana con unos huevos que ya quisiera cualquiera. Yo el primero.

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[1] Bueno, valgan verdades, también me quedé con un dato banal aunque curioso: calle se dice gatan en sueco. [2] Trilogía de Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres (2008), La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (2008) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (2009), Editorial Destino.

julio 31, 2009

Yo soy fan del tío de Heineken

La primera vez que vine a Europa estábamos entrando en este nuevo siglo y el mundo se despercudía de la resaca de las Olimpiadas de Sydney. Había sido invitado cordialmente a Alemania y, lástima, aterrizaba en Frankfurt el 30 de octubre, Octoberfest llegaba a su fin y yo me quedaba con las ganas. Sin embargo en el mes que estuve en plan turista me desquité probando todo tipo de cervezas de supermercados, bares y tabernas. Mi acompañante, a pesar de su origen y vida totalmente germanos, era más de vino blanco, pero disfrutaba viéndome saborear cervezas rojas, marrones, trigueñas, doradas, anaranjadas. Hasta que por pura casualidad me puso una botella en la mano, “ésta no es alemana, creo que más bien es holandesa, pero está bastante buena”, leí: Heineken.

La primera vez que estuve de viaje en Nueva York ya no había Torres Gemelas, y como buen peruano me agarré a botellazos con mi padre, en buen cristiano, a beber cerveza. Por entonces yo era de Pilsen o Cusqueña con un solo vaso en ronda y la espuma al suelo, zas, zas. ¡Salud! Conocía la Corona de las películas, con un trozo de limón en la punta de la botella, pero por entonces costaba un ojo azul de la cara y era difícil de conseguirlas. Dejé la elección en manos de mi padre, que ya vivía en Norteamérica desde hacía buenos años. “La Budweiser parece meo de gato”, me dijo. Subimos al carro y fuimos a una zona de Queens donde venden mayoristas. Pidió una caja de Heineken. Veinticuatro latas verdes. ¡Tremenda borrachera!

Hace poco más de dos años me vine a vivir a España con mi esposa. Vine con la sensación de estarme divorciando de la cerveza, sobre todo de la peruana, para encamarme con el vino, especialidad de la casa. Sin embargo, no me puedo quejar. Lucía, cuando no le da al Mojito se decanta más bien por la Clarita (mezcla de cerveza con soda de limón) aunque cuando recién llegamos fue bella y única cuando me dijo: “en casa de mis padres se bebe cerveza a caudales”. Entonces conocí a mi suegro en su entorno: además del tinto con la comida, acude a la Heineken como quien bebe agua cuando tiene sed.

En mi casa siempre hay cerveza. Ya no bebo como en el Perú, hasta que los perros, y yo te quiero yo te adoro, etc. Aquí como que uno se acostumbra a un ritmo más placentero, beber para disfrutar y eso. Una cerveza o dos al día, con la comida, para apagar la sed y punto. Sólo Heineken. Es la mejor que he probado hasta ahora y aunque tenga detractores, como todo en esta vida porque los autores andan más perdidos cuando se trata de gustos y colores, yo me ciño fiel a ella.

La cuestión es que hace ya unos meses alguien me pasó en un correo electrónico una publicidad Heineken que está buenísima. A estas alturas ya todo el mundo la debe haber visto porque ya salió una nueva, la de la lata verde. De gran ingenio. Tal vez americana, tal vez inglesa, quién sabe. Luego la pasaron en la televisión y desde entonces se ha creado hasta una comunidad, como la del anillo, pero en Internet, con más de 130 mil fans del tío de la publicidad, el rubio ese de la foto, el que emociona a cualquiera hasta las lágrimas, yo el primero.

Porque no hay zapatos en el mundo, carteras en el mundo, bolsos en el mundo que iguale a la emoción, el descontrol, la alegría desbordante de este emotivo señor cuando ve el paraíso, la gran nevera de su amigo. ¡Yo quiero una igual!

Quién no ha soñado con tener una habitación completa y temperada llena de cervezas. Y de amigos del alma dispuestos a no dejarte solo en la titánica tarea de darle rienda suelta hasta la última gota. Es el sueño de todo el mundo. ¡La panacea!

Ahí les va la publicidad y díganme si no da ganas de ser el mejor amigo de este hombre.

¡Salud!

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abril 10, 2009

San Genarín, patrón del orujo

Desde este año, alejándome un poco del agnosticismo, perdonen ustedes, he decidido convertirme en creyente, así como lo leen. Me he hecho fiel devoto y mejor siervo de San Genaro, Genarín para los amigos, mi ídolo, mi imagen, mi estampita sobre la cabecera de mi cama, mi luz al final del camino, y todo desde este Jueves Santo, o sea desde ayer. ¡Y no saben cómo ha cambiado mi vida! Ahora llevo en mí la paz interior.
Hasta ahora León era para mí la ciudad de la carne de matadero, los embutidos y las especias a granel, el frío seco y las estatuas en bronce de la gente bien del apogeo español. Sin embargo ahora me llevo a su santo patrón, o por lo menos el santo al que muchos le rinden culto y pleitesía. Y yo me uno a ellos.
Resulta que cada Jueves Santo desde hace unos setenta años, los fieles sacan en procesión la imagen de San Genarín, patrono del orujo [1], y por gradual consecuencia, patrono de los borrachos. Y es seguido por una muchedumbre que le sigue los pasos, que le rinde homenaje dándole parejo a la botella durante la Semana Santa y limpia si no los pecados del alma, al menos las toxinas del cuerpo.
Su nombre, Genaro Blanco Blanco, vivió a principios del siglo XX y desde siempre fue aficionado a la buena bebida, a las mujeres y los burdeles. De profesión fue pellejero, qué otra cosa podía ser, aunque valgan verdades, casi ni ejerció. Prefirió dejarse llevar por los placeres de la carne, un putero, y morir en lo suyo.
Según cuentan las malas lenguas, en Semana Santa de 1929 apareció una nota en el Diario de León en la que informaba que en la madrugada del Jueves Santo, en extrañas circunstancias cuando un borrachito que al parecer daba rienda suelta a “sus necesidades perentorias en la base del tercer cubo de la muralla romana de León, a la altura de la calle de Las Carreras”, fue atropellado por el primer camión de la basura de la ciudad. Resulta que Genaro Blanco, borracho hasta la cuba, aprovecho el momento y echó una meada cuando apareció el camión de la basura, el primero de León, dicen con orgullo, y se lo llevó por delante. Murió en su ley, qué duda cabe.
Desde entonces sus más cercanos amigos y contertulios de borrachera decidieron hacer una romería siguiendo los pasos de aquella noche hasta el mismo lugar donde perdió la vida para dejarle una copita de orujo. Y año a año, se fue agregando la gente hasta convertirse en una tradición que si bien pagana, es una juerga concurrida y macerada.
Algunos dicen recordarlo como un hombre más bien bajito, bastante feo y con el rostro con un bronceado permanente gracias al alcohol, que frecuentaba las cantinas y tabernas de la ciudad, donde se la pasaba bebiendo orujo. Otras malas lenguas dicen que andaba sucio, meado y armaba escándalo, aunque quienes hablan de esa manera se reconocen como cucufatos y religiosos, excluidos en estos días de lo que significaba antaño sus propias fiestas.
En fin, que se murió el borracho y desde entonces y gracias a algunos milagros —por lo menos se le reconoce el haber curado al enfermo de riñón—, cada año le sacan en procesión por la ciudad y lo recuerdan en el fondo de cada botella. Nada más lindo y testimonial y verdadero, ajeno a los golpes de pecho, la santurronería y como para no quedarse en casa viendo las películas santas.
En el Perú yo no conozco un patrono de tamaña cuantía. A lo mucho Sarita Colonia, también de la época, más bien patrona de los pobres y por colación, dicen en el Callao, de las putas y los ladrones, porque todos tienen derecho a ir al cielo; pero un patrono de los borrachos, por favor que alguien me corrija, porque ya viene siendo hora y qué vergüenza no tener a nadie a quien rezarle. Si alguien encuentra alguno que lo diga fuerte y claro, que yo me apunto y hasta me hago padrino para la fiesta patronal, ustedes me entienden.
Y mientras tanto, a la salud de San Genarín, brindo a la espera del próximo Jueves Santo.
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[1] El orujo es una bebida espirituosa, un aguardiente que se consigue de la destilación del bagazo de la uva.



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Aquí, textos originales de Jesús Risco Rojas.
Diseño e ilustraciones: Sam. A./ Fotografías: L. Crespo.
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